viernes, 2 de marzo de 2012

Casi 100 años del abuelo Marino

De mi abuelo Marino se podría hablar muchísimo, hacer un resumen sería harto imposible, como con cada persona que ha pasado por tu vida. Mañana mi abuelo cumpliría 99 años si viviese. En esta primera foto está con mi hermano mayor José Antonio.

De pequeño tengo muchos recuerdos, muchos de ellos en casa de mis abuelos en la calle San Rafael, del barrio de Delicias de Zaragoza. Allí pasábamos los domingos a comer migas, que comíamos alrededor del hornillo y la paellera, cuchara en mano, entre madeja y madeja.
Hace poco encontré una foto que yo nunca había visto, a mis dos abuelos maternos junto a sus nietos en 1970. Por entonces, eramos dos chicos y una chica. Yo soy el que está sobre las piernas de mi abuela Vitoria. Delante de mi abuelo está mi hermano mayor. Y al fondo, mi hermana Mariví con su muñeca.

En 1976 le operaron de la garganta y perdió su voz, yo ni recuerdo cómo era antes de la operación, tenía tan sólo 7 añitos. Esas semanas de hospital, las pasamos mi hermano y yo en el comedor de Salesianos, para que mi madre pudiese atenderle en la Casa Grande.

Desde muy pequeño, siempre fue mi hemano el mayor su preferido, quizá por ser el primogénito, o porque iba para médico, el caso es que mi abuelo tenía su genio. Imponía su presencia, a mí me parecía un abuelo enorme, gigante, de pies grandes, muy alto. Luego con el paso de los años, nos fuimos acercando.
Alguna vez, recuerdo que nos acompañaba al colegio cogidos de la mano. Incluso, una vez, de muy niño, me llevó a la Romareda, era la primera vez que asistía a semejante evento. Nunca había visto un campo de hierba tan enorme, más si cabe comparado con el de Salesianos, un patatal en el que más de una vez me dejé la piel, literalmente.

Las reuniones familiares fueron sucediendose, cumpleaños, Navidades, etc... En esas ocasiones en las que íbamos a su casa a celebrarlas, mi abuelo era toda una institución, se sentaba al fondo de la mesa, leía su periódico o veía la televisión. Siempre esperando a que le sirviesen la comida. Aunque esto cambió cuando se quedó viudo de mi abuela, que se las tuvo que apañar para vivir solo en casa, haciéndose sus tortillas francesas y pelando sus inolvidables manzanas. Siempre comía manzanas, y siempre me fijaba en cómo las pelaba, de él aprendí a aprovechar bien la fruta, recuerdo que una vez me dijo que le quitaba mucha comida a la fruta. Me enseñó, y desde entonces, mis peladuras son finísimas. En las mesas familiares, siempre presidiendo.

De la guerra hablaba poco, que si estuvo con Mola, que si la batalla del Ebro, no le gustaba recordar esa amarga época de su vida. Tampoco nos contaba nada de su vida antes de la guerra, o durante el noviazgo con mi abuela. Sólo sabíamos que iban al baile de Carcastillo, a uno de tantos que había, y que allí debieron congeniar.
Recuerdo muy bien esa boina negra que siempre llevaba en la cabeza aquellos días de cierzo y frío de esta ventosa ciudad. Alguna vez también me calcé esa boina.
No llegó a ver cómo me casaba, o cómo he adoptado a mis niñas, ni las conoció, pero me hubiera gustado que las hubiera conocido.
Aunque a veces pareciese un cascarrabias, con el paso del tiempo, ya no lo parece tanto, y sigo echándolo de menos. Mañana te recordaré, con tu purito en la boca, con tu aparato hablando como un robot, incluso te recordaré siempre solitario cuando te quedaste viudo, felicidades yayo.

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