viernes, 24 de febrero de 2012

Mil rostros me definen

Es un poco exagerado decir que tengo mil rostros, pero no es menos cierto que mi rostro ha pasado por diferentes etapas, diferentes edades, diferentes "looks" y diferentes miradas.
Si uno se observa detenidamente, difícilmente ve lo que el resto de personas ve en tí. Uno se mira al espejo y ve sus ojos, puede penetrar en ellos, incluso puede llegar a vislumbrar sus propios pensamientos, pero lo que ven el resto de personas, sólo ellas lo saben.

De niño, tenía cara dulce, pelo liso, muy liso, me peinaban con la raya a un lado. Aunque de muy muy pequeño tenía el pelo rubito y con rizos como el niño de la película en el que decía "caca-culo-pedo-pis".
Conforme fui creciendo, el pelo se me iba ondulando, eso ya no me gustaba tanto. Pero pelo, tenía mucho, no como ahora, que va escaseando cada vez más (herencias que uno tiene).

La peor etapa de mi rostro fue en la adolescencia, como nos ha ocurrido a la mayoría. Los granos y el acné hicieron su aparición con fuerza, dejándome a veces, mapeado por completo.


Sin ganas de que los demás te mirasen, explotando granos a diestro y siniestro. Y no sólo en el rostro, la espalda también fue atacada por el acné. Hasta que dimos con el remedio, Roacután se llamaban las pastillitas, carísimas pero totalmente efectivas. Muy agresivas, porque en la primera fase te sacaban todo el acné hacia afuera, y luego escondiéndolo para siempre. Al final del proceso, a pesar de que las cicatrices quedaron durante muchos años, el éxito del tratamiento me dio mucha mayor confianza a la hora de afrontar nuevas relaciones con el sexo opuesto.

Otro momento diferente fue cuando me dejé el pelo largo, a lo heavy, me empezaron a salir rizos por todas partes, y cuando el pelo estaba mojado, me encantaba agitar la cabeza a derecha e izquierda, salpicando todo lo que se pusiera a mi paso.

En esa época ya me hubiera gustado llevar pendiente, pero me contuve.
La etapa de rapado, durante la mili, fue desconsoladora. No te podías dejar crecer el pelo, porque si lo hacías, te arrestaban el fin de semana sin volver a tu casa. Así que rapadito y a mandar.

La gorra que llevábamos a todas horas, también ayudó a la falta de oxigenación del cuero cabelludo, y me llevó irremediablemente a la incipiente calvicie que aún me acosa.




En cuanto terminé la mili, dejé que mi pelo creciese para mi felicidad, aunque no me gustaba demasiado, por la manía que tenía de ondularse en cuanto crecía. No había quién lo peinase. Recuerdo que incluso hubo una época que me hice raya en medio, como mi amigo Jesús Plou, aunque a él le quedaba mucho mejor, rubio como él era, y cuánto lo cuidaba, creo que aún lo hace, jeje.

Finalmente, la etapa ya de adulto, perdiendo cada año miles y miles de pelos, unos se fueron por la bañera, otros se quedaron en el peine, e irremediablemente, los más, fueron cortados en las peluquerías.
Sin embargo, después de hacer todo este recorrido por mis innumerables rostros, sigo convencido, de que en mi interior, sigo siendo el mismo de siempre, ese chico tímido, bello por dentro (porque yo me veo así, jaajja), de mirada profunda.

Pasan los años, pasas alegrías, penas, alegrías otra vez, y sin embargo, el poso que uno cultiva en la niñez, queda para siempre en la edad adulta. Estoy convencido que mi forma de ser no ha cambiado demasiado desde mi infancia. Que soy el que soy gracias a cómo fui. Cambiar podemos cambiar mucho a lo largo de la vida, pero debajo de todas esas capas de epidermis (que vamos perdiendo con los años), sigue estando el Javier de siempre, los que me conocen bien, saben cómo soy y quién soy.

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